miércoles, 4 de abril de 2012

Mix



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Jorge Valín: Warren G. Harding fue el presidente número veintinueve. Muchos historiadores lo tachan como el peor presidente de la historia americana. Nadie era capaz de descifrar las cosas que decía; no sólo porque no tenían sentido, sino porque se inventaba palabras a la hora de hablar y escribir. El periodista H.L. Mencken dijo de él que "tiene el peor inglés que haya visto jamás". No viajó mucho ni despilfarraba el dinero, daba los discursos en el porche de su casa. Tenía fama de mujeriego, bebedor y ahí donde iba visitaba el show de variedades del lugar. Dos veces a la semana, montaba timbas de póker en la Casa Blanca. Evidentemente, un hombre con una vida social tan activa poco podía dedicar a las cuestiones de Estado. Fueron dos años donde los americanos se vieron libres de la tiranía de las buenas intenciones políticas.

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Corría el año 1567 y en el Vaticano estaba el Papa Pío V, italiano. Este Papa era sensiblemente antiespañol y tenía sus más y sus menos con el imperio que dominaba Europa. De hecho, estos desencuentros llegaron muy lejos y hubo más que palabras entre unos y otros. El Papa conocía el gusto por los toros de Felipe II, y sabiendo el inmenso poder de su “santa” palabra escrita, se dispuso a fastidiar un poco a nuestro rey.

Publicó el día 1 de noviembre de aquel año una bula titulada “De Salute gregis Dominici” en la que no sólo mostraba su contrariedad a los eventos taurinos, sino que excomulgaba a todos los que participaran en ellos y además prohibía que los muertos en tales jaleos fueran enterrados en suelo consagrado. El texto de la bula exacto contenía frases como:

estos sangrientos y vergonzosos espectáculos dignos de los demonios y no de los hombres“. “Prohibimos igualmente, bajo pena de excomunión y de anatema, a los clérigos así como a los seglares asistir a estos espectáculos”.

Por último, Pío V decía: “Ordenamos a todos nuestros hermanos patriarcas, primados, arzobispos y obispos, y a nuestros ordinarios locales en virtud de santa obediencia, apelando al juicio divino y a la amenaza de la maldición eterna, que hagan publicar suficientemente nuestro escrito en las ciudades y diócesis propias y cuiden que se cumpla lo que arriba hemos ordenado”.

En España esta bula no fue publicada y todo siguió como antes, así que el Papa no consiguió mucho con su iniciativa.


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El próximo 30 de junio se deberá añadir un segundo suplementario en los relojes porque los países miembros de la Unión Internacional de Telecomunicaciones (ITU) no se han puesto de acuerdo para eliminar los llamados segundos intercalares o leap seconds, una singularidad del tiempo motivada por el irregular movimiento de rotación de la Tierra. Los segundos intercalares se añaden para mantener sincronizada la hora oficial, medida con relojes atómicos de gran precisión, y la hora basada en la rotación astronómica, que no es exacta porque la Tierra no gira a un ritmo regular, sino a trompicones y cada vez un poco más lento. La última vez que se añadió uno fue el 31 de diciembre del 2008.

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Corría el año 1879 cuando en el laboratorio del prestigioso químico Ira Remsen, en la Universidad J. Hopkins de Baltimore, se hacían una serie de experimentos con tolueno (hidrocarburo usado en la fabricación de ciertas materias colorantes) a la busca de nuevos colores. Ese día habían estado mezclando restos de hulla con un montón de materiales intentando progresar, hasta que uno de los científicos del laboratorio, Constantine Fahlberg, entre cuyas virtudes no estaba precisamente la limpieza, se fue a comer a la cantina de la Universidad.

Como decía, muy limpio no era, así que se puso a comer sin lavarse las manos, como normalmente solía hacer, fiel a su lema de que lo que no mata, engorda.

Al cabo de dos cucharadas empezó a protestar, porque la comida estaba demasiado dulce y, dada la naturaleza del guiso, ese dulzor la hacía repugnante. Tan grandes eran sus protestas que los cocineros, asustados, probaron la comida, de la que aún quedaba una cantidad abundante en la olla gigante de la cocina notándolo con buen sabor, en todo caso hasta un poco salado, por lo que le explicaron a Fahlberg que no entendían sus protestas. Este último se quedó desconcertado hasta que partió el pan en dos y probó un bocado, estaba completamente dulce.

Entonces reparó en que sus manos estaban impregnadas de restos de una sustancia extremadamente dulce que era lo que provocaba ese sabor en todo lo que comía.

Intrigado volvió al laboratorio y se dio cuenta de que por pura chiripa había descubierto la sustancia C6H4(CO)(SO2)NH, más conocida por sacarina, con casi 300 veces más poder edulcorante que el azúcar.

Su lanzamiento fue un éxito, aunque inicialmente sólo se podía comprar en las farmacias con receta médica, para pacientes que no podían probar el azúcar, ya que en los experimentos se vio que una cantidad excesiva era perjudicial para el organismo. Actualmente ya saben, gracias a aquel científico un poco guarrillo, todo sea dicho, millones de personas pueden endulzar sus bebidas y comidas sin usar el azúcar. Un caso más de cómo muchos inventos importantes se han debido a la casualidad

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En 1836 Samuel Colt patentó el revólver que lleva su nombre, y según se decía entonces: “Dios crea a los hombres, Samuel Colt los hace iguales”.

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