miércoles, 14 de diciembre de 2011

Aristócratas (¿humor?)


Un artículo interesante

Pasaron 20 años desde la disolución de la Unión Soviética, que para muchos historiadores marcó el verdadero fin del "siglo XX corto" -un siglo que comenzó en 1914 y estuvo caracterizado por conflictos ideológicos prolongados entre el comunismo, el fascismo y la democracia liberal, hasta que esta última pareció haber surgido plenamente victoriosa-. Pero algo extraño sucedió en el camino hacia el Fin de la Historia: parecemos desesperados por aprender del pasado reciente, pero no estamos en absoluto seguros sobre cuáles son las lecciones.
Claramente, toda la historia es historia contemporánea, y lo que los europeos, en particular, necesitan aprender hoy del siglo XX tiene que ver con el poder de los extremos ideológicos en tiempos oscuros -y la peculiar naturaleza de la democracia europea tal como se la construyó después de la Segunda Guerra Mundial.
En algunos sentidos, las grandes luchas ideológicas del siglo XX hoy parecen tan cercanas y relevantes como los debates escolásticos de la Edad Media -especialmente, pero no exclusivamente, para las generaciones más jóvenes-. ¿Quién entiende hoy remotamente -para no hablar del problema de intentar entender- los grandes dramas políticos de intelectuales como Arthur Koestler y Victor Serge, gente que arriesgó su vida por y luego contra el comunismo?
No obstante, mucho más de lo que la mayoría de nosotros se atrevería a admitir, seguimos enredados en los conceptos y categorías de las guerras ideológicas del siglo XX. Esto quedó en evidencia de una manera más obvia que nunca en las respuestas intelectuales al terror islamista: términos como "islamo-fascismo" o " tercer totalitarismo" fueron acuñados no sólo para caracterizar a un nuevo enemigo de Occidente, sino también para evocar la experiencia de las luchas anti-totalitarias que precedieron y siguieron a la Segunda Guerra Mundial.
Esos términos buscan extraer legitimidad del pasado y explicar el presente -de un modo que los académicos más serios del Islam o el terrorismo nunca encontraron muy útil-. La intención de hacer analogías de este tipo parecía más bien reflejar un deseo de volver a librar las antiguas batallas que la intención de agudizar el criterio político sobre los acontecimientos contemporáneos. 
¿Cómo deberíamos pensar entonces sobre el legado ideológico del siglo XX? Por un lado, necesitamos dejar de ver al siglo XX como un paréntesis histórico plagado de experimentos patológicos perpetrados por pensadores y políticos trastornados, como si la democracia liberal hubiese existido antes de esos experimentos y sólo era necesario revivirla después de que estos experimentos hubieran fracasado.
No es un pensamiento agradable -y tal vez hasta sea peligroso-, pero la realidad sigue siendo que mucha gente, no sólo ideólogos, depositó sus esperanzas en los experimentos autoritarios y totalitarios del siglo XX y vio a políticos como Mussolini e incluso Stalin como solucionadores de problemas, mientras que los demócratas liberales fueron descartados como fracasos desconcertantes.
Esto no es para brindar algún tipo de excusa -no es cierto que comprender es perdonar-. Por el contrario, toda comprensión apropiada de las ideologías debe tener en cuenta su poder para seducir y hasta convencer genuinamente a quienes poco les importa su atractivo emocional -ya sea para enorgullecerse o para odiar- pero piensan que, efectivamente, ofrece soluciones políticas racionales. Cabe recordar que Mussolini y Hitler, en última instancia, llegaron al poder de la mano de un rey y un general retirado, respectivamente -en otras palabras, elites tradicionales, no fanáticos que se involucran en luchas callejeras.
En segundo lugar, tenemos que apreciar la naturaleza especial e innovadora de la democracia creada por las elites europeas occidentales después de 1945. A la luz de la experiencia totalitaria, dejaron de identificar a la democracia con la soberanía parlamentaria -la interpretación clásica de una democracia representativa moderna en todas partes excepto en Estados Unidos-. Nunca más una asamblea parlamentaria debería ceder poder a un Hitler o a un Pétain. Los arquitectos  de la democracia europea de posguerra, en cambio, optaron por cuantos pesos y contrapesos fueran posibles -y, paradójicamente, por conferirle poder a instituciones no electas a fin de fortalecer la democracia liberal en su totalidad.
El ejemplo más importante son las cortes constitucionales -un animal diferente de la Corte Suprema de Estados Unidos, dedicado específicamente a asegurar el respeto por los derechos individuales-. Llegado el caso, hasta los países tradicionalmente sospechosos de un "gobierno en manos de jueces" -Francia es el ejemplo clásico- aceptaron este modelo de democracia restringida. Y prácticamente todos los países de Europa central y del este lo adoptaron después de 1989. Es importante destacar que las instituciones europeas -especialmente la Corte Europea de Justicia y la Corte Europea de Derechos Humanos- también concuerdan con este entendimiento de la democracia a través de mecanismosprima facie antidemocráticos.
Hoy, muchos europeos están claramente insatisfechos con esta concepción de democracia. Muchos tienen la impresión de que el continente está entrando en lo que el politólogo Colin Crouch ha dado en llamar una era "posdemocrática". Los ciudadanos cada vez más sostienen que las elites políticas no los representan como corresponde, y que las instituciones elegidas de forma directa -en particular, los parlamentos nacionales- se ven obligadas a ceder ante organismos no electos como los bancos centrales. Las masas apasionadas protestan y el resultado es el surgimiento de partidos populistas en todo el continente.
No servirá de nada simplemente reafirmar el modelo europeo de democracia de posguerra, como si la única alternativa fuera el totalitarismo de algún tipo. Pero deberíamos ser claros respecto de dónde venimos y por qué -y sobre que no existió ninguna era dorada de democracia liberal europea ya sea antes de la Segunda Guerra Mundial, en los años 1950 o en algún otro momento mítico.
Los europeos corrientes durante mucho tiempo delegaron el ejercicio de la democracia en manos de las elites -y muchas veces hasta parecieron preferir las elites no elegidas-. Si ahora quieren modificar el contrato social (y asumir que la democracia directa sigue siendo imposible), el cambio debería estar basado en un criterio claro e históricamente fundamentado sobre cuáles son las innovaciones que la democracia europea realmente podría necesitar -y en quién confían verdaderamente los europeos para ejercer el poder-. Esa discusión recién acaba de comenzar.
Jan-Werner Mueller enseña en la Universidad de Princeton. Su último libro es Contesting Democracy: Political Ideas in Twentieth-Century Europe.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Preguntas retóricas

¿No hay mejor manera en el siglo XXI de votar que gastando toneladas y toneladas de papel y contando votos uno a uno de urnas de cristal?

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¿Por qué los medios de comunicación dan importancia a tantas chorradas llenando páginas con horóscopos, noticias del corazón y cotilleos de futbolistas y hay tan poco espacio para las noticias científicas? ¿Es que no somos conscientes de que los mayores avances vendrán por la ciencia como ha pasado hasta ahora?

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¿Por qué no se desmilitariza de una vez la Guardia Civil, qué motivo hay para no hacerlo?



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¿Cuántos años algunas personas y cuantos siglos algunas instituciones tardarán en rectificar lo de la “antinaturalidad” de la homosexualidad?
La homosexualidad existe en la naturaleza http://www.bbc.co.uk/mundo/ciencia_tecnologia/2009/06/090618_animales_gay_men.shtml 

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Si según dice textualmente el Génesis los hombres debemos circuncidarnos para demostrar nuestro compromiso con Dios (y así lo entienden las religiones judaicas e islámica), ¿Por qué en este caso la iglesia católica no hace caso a este precepto puesto en la Biblia en “boca” de Dios y sí considera que los mandamientos sí son de cumplimiento textual? ¿En qué se basa la iglesia para afirmar que algunas frases de la Biblia son metáforas y otras no?


jueves, 1 de diciembre de 2011

Mix

Jeffrey D. Sachs: 

En 1950, menos del 8% de los hogares estadounidenses tenía un televisor; para 1960, el porcentaje había pasado a ser del 90%. Ese nivel de penetración en otros lugares se demoró muchas más décadas, y los países más pobres todavía no han alcanzado esa cifra.

Como era de esperarse, los norteamericanos se convirtieron en los mayores telespectadores del mundo, lo cual probablemente siga siendo válido hoy en día, aunque los datos son un tanto imprecisos e incompletos. La mejor evidencia sugiere que los norteamericanos miran más de cinco horas por día de televisión en promedio -un número sorprendente, dado que se pasan varias horas más frente a otros dispositivos que transmiten video-. Otros países registran muchas menos horas frente a la pantalla. En Escandinavia, por ejemplo, el tiempo que la gente pasa mirando televisión es aproximadamente la mitad que el promedio en Estados Unidos.

Las consecuencias para la sociedad estadounidense son profundas, perturbadoras y una advertencia para el mundo -aunque probablemente llegue demasiado tarde como para ser tenida en cuenta-. Primero, mirar mucha televisión reporta escaso placer. Muchas encuestas demuestran que es casi como una adicción que ofrece un beneficio a corto plazo que conduce a una infelicidad y a un remordimiento de largo aliento. Estos espectadores dicen que preferirían mirar menos televisión de la que miran.

Es más, mirar mucha televisión contribuyó a la fragmentación social. El tiempo que se solía pasar en grupo en la comunidad hoy se pasa en soledad frente a una pantalla. Robert Putman, el prominente especialista en la decadente sensación de comunidad en Estados Unidos, descubrió que mirar televisión es la explicación central de la merma del "capital social", la confianza que une a las comunidades. Por supuesto, hay muchos otros factores en juego, pero la atomización social generada por la televisión no debería subestimarse.

Por cierto, mirar mucha televisión es malo para la salud física y para la salud mental. Los norteamericanos van a la cabeza del mundo en materia de obesidad -aproximadamente las dos terceras partes de la población estadounidense hoy tiene sobrepeso-. Una vez más, muchos factores están detrás de esta situación, inclusive una dieta de alimentos fritos baratos y poco saludables, pero el tiempo sedentario que se pasa frente al televisor también es una influencia importante.

Al mismo tiempo, lo que sucede mentalmente es tan importante como lo que sucede físicamente. La televisión y los medios relacionados fueron los grandes proveedores y transmisores de la propaganda corporativa y política en la sociedad.

La televisión de Estados Unidos está casi en su totalidad en manos privadas, y los dueños generan un buen porcentaje de su dinero a través de una publicidad implacable.

Muchos neurocientíficos creen que los efectos que tiene mirar televisión en la salud mental podrían ser aún más profundos que una adicción, que el consumismo, que la pérdida de confianza social y que la propaganda política. Quizá la televisión esté volviendo a cablear los cerebros de los telespectadores asiduos y afectando sus capacidades cognitivas. La Academia de Pediatría de Estados Unidos  recientemente advirtió que es peligroso que los niños miren televisión porque puede dañar su desarrollo cerebral, e instó a los padres a mantener a los niños de menos de dos años lejos de la televisión y de medios similares.

Una encuesta reciente en Estados Unidos de la organización Common Sense Media revela una paradoja que, no obstante, resulta perfectamente entendible. Los niños en hogares estadounidenses pobres hoy no sólo miran más televisión que los niños de hogares adinerados, sino que también es más probable que tengan un televisor en su cuarto. Cuando el consumo de una mercancía cae conforme aumenta el ingreso, los economistas lo llaman un bien "inferior".

Sin duda, los medios masivos pueden ser útiles como proveedores de información, educación, entretenimiento y hasta conciencia política. Pero un exceso de ellos nos está enfrentando a peligros que es preciso evitar.

Por supuesto, la mejor defensa es el propio autocontrol. Todos podemos dejar la televisión apagada más horas por día y pasar ese tiempo leyendo, hablando con los demás y reconstruyendo la base de la salud personal y la confianza social.

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Actualmente llamamos gafe a aquella persona que trae mala suerte (tanto para sí misma como para los que le rodean), pero antiguamente se utilizaba el término “Gafo” para referirse a aquellos que padecían una enfermedad llamada “Gafedad”, un tipo de lepra por la que se encorvan fuertemente los dedos de la mano y a veces los de los pies.
La lepra estaba considerada como una enfermedad altamente contagiosa, por lo que no era nada aconsejable acercarse a un leproso o gafo para evitar así contagiarse. Con los años se ha descubierto que la lepra era una enfermedad infecciosa pero de nula transmisibilidad.
De ahí que con el pasar del tiempo la palabra pasase de gafo a gafe y se haya acabado utilizado este término para referirse a las personas que tienen y contagian la mala suerte.

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27 de los 44 presidentes han sido militares, lo que supone un 61%. Es decir, más de la mitad, con creces, de los presidentes de EEUU han sido militares, teniendo en cuenta que se trata de una democracia, me parece un dato sorprendente. Y la mayoría, con rangos importantes.

Otro detalle interesante es que entre 1961 y 1981 todos los presidentes habían pertenecido a la marina. Y si obviamos los ocho años de Clinton, este dominio de la marina se extiende hasta 2009, casi 40 años

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El médico de Barack Obama confirmó el mes pasado que el presidente estadounidense ya no fuma. A petición de su esposa, Michelle Obama, el presidente decidió dejar de fumar por primera vez en 2006 y ha usado la terapia de reemplazo de nicotina como apoyo. Si a Obama, un hombre con una voluntad lo suficientemente firme para buscar y conseguir la presidencia de los Estados Unidos, le llevó seis años dejar ese vicio, no es sorprendente que cientos de millones de fumadores no puedan hacerlo.

Si bien en los Estados Unidos la tasa de fumadores ha disminuido abruptamente, de aproximadamente el 40% de la población en 1970 a apenas el 20% actualmente, esa cifra dejó de decrecer aproximadamente en 2004. Todavía hay 46 millones de fumadores estadounidenses adultos y alrededor de 443,000 de ellos mueren cada año. A nivel mundial, el número de cigarros vendidos – seis billones al año, que son suficientes para cubrir la distancia de ida y vuelta al sol– ha llegado a un máximo histórico. Seis millones de personas mueren al año debido al cigarro – más que las muertes totales provocadas por el SIDA, la malaria y los accidentes de tránsito. De los 1,300 millones de chinos, más de uno de cada diez morirán debido al tabaco.

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Cheraw es una pequeña ciudad de algo más de 40.000 habitantes ubicada en plena zona algodonera de Carolina del Sur. Resulta que la ciudad tiene en sus calles un número anormal de árboles. En algunas calles antiguas incluso están puestos en varias filas delante de las casas de forma longitudinal de tantos que hay. La razón es algo realmente divertido. Todo viene de una ley del siglo XVIII. Los galeses, hartos de las broncas que se daban de forma constante, dictaminaron que el ciudadano que fuera atrapado borracho quedaba condenado a plantar un árbol. Con el paso del tiempo apenas cabían los árboles en la ciudad antigua que no tenía demasiadas calles…

jueves, 24 de noviembre de 2011

Una extraña curiosidad histórica sobre los Boomerangs

No sólo los boomerangs no son exclusivos de los aborígenes de Australia, es que parece claro que se usaron en Egipto. Y por si faltara poco, en 1987 se encontró el boomerang más antiguo (más de 20 mil años) que se conoce…¡En Polonia!

Recordemos que en la Antigüedad el boomerang era un arma que tras ser lanzada regresa a su punto de origen debido a su perfil y forma de lanzamiento especiales. Consiste en un palo de una longitud variable, pero raramente superior a 50cm., ligeramente curvado en ángulo hacia su mitad (lo que le confiere el efecto necesario para describir vuelos circulares). Puede ser redondo o con los bordes afilados, aunque también existen modelos con forma de aspa. Su capacidad de describir vuelos de ida y vuelta se debe a su curvatura y tallado; pero también en gran medida a la habilidad y la técnica del lanzador. Su principal cualidad, aparte de su utilización para herir o atontar, estriba en su capacidad para volver hacia su lanzador cuando no encontraba blanco.
Evidentemente, es una simple casualidad, como lo es que la edad de los metales empezara a la vez en puntos tan distantes del planeta como la actual Israel y la actual Escocia o que en México y en Egipto haya habido tanta pasión por las pirámides. ¿O no?
Escena de caza de aves en el antiguo Egipto con boomerang y boomerang encontrados por Howard Carter en la Tumba de Tutankamon
  
Es fácil deducir que es muy extraño que los aborígenes australianos –en teoría completamente aislados del resto del mundo, y especialmente de las civilizaciones “mediterráneas”- desarrollaran un arma tan original (no es algo obvio como una lanza), que sabemos utilizaron los egipcios y cuyo origen podría ser –por el descubrimiento en Polonia- europeo.